¡Dios me ama!
Siempre quise ser especial. Recuerdo cómo, de adolescente, creaba realidades en mi imaginación donde yo tenía habilidades diferentes —sobrenaturales— y amigos y familia que me amaba y me valoraba porque quien yo era y lo que hacía. Me costó un tiempo, pero un día Dios me hizo entender que yo sí era especial, que Él me valoraba y me amaba tanto que entregó Su vida por mí. Sin embargo, Dios no me ama porque yo soy especial: soy especial porque Dios me ama.
Me asombra el pasaje de Efesios 3:17-19.
También ruego que arraigados y cimentados en amor, ustedes sean capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento, para que sean llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios1.
El amor de Cristo es tan grande que excede todo conocimiento. Mi mente finita no logra entenderlo completamente y, no obstante, mientras más medito en él, intentando comprenderlo, más soy llena de la plenitud de Dios, de su vida y poder.
Saber que Dios me ama ha transformado —y sigue transformando— mi manera de pensar, sentir y hacer; todo mi ser. Recordar que Dios me ama y en ese amor está mi plenitud me permite sobreponerme al rechazo de cualquier índole: que el chico que me gusta ignore mis mensajes, que mi mejor amiga no haya recordado mi cumpleaños, que nunca me llamaron después de esa entrevista de trabajo, que un hermano en la fe me volteara la cara, entre muchas otras situaciones.
Frente a la burla y el menosprecio, la crítica y el chisme, puedo tener paz porque Dios me ama. Cuando tengo que decir (o escribir) algo para un público, hay un temor reverente hacia Dios y Su Palabra, un deseo de honrarlo y bendecir a otros. Pero el miedo a fracasar, a ser avergonzada porque se me trabó la lengua o no escrivi vien no me domina. Aun cuando el sentimiento de fracaso llega, cuando no cumplo con las expectativas de otros o las mías, puedo decir sinceramente que eso no me define. No como palabrerías sin sentido, sino sabiendo que es la verdad.
No me define lo que otros digan o hagan, ni siquiera lo que yo piense o sienta: me define el amor de Dios, Él me da mi identidad. Soy amada por Dios, soy salva por gracia, escogida, predestinada, adoptada, aceptada, coheredera con Cristo, miembro de la familia y el pueblo de Dios.
Entender que Dios me ama ha cambiado la forma en la que me relaciono con otros. Puedo amar a mis padres, a pesar de sus pecados contra mí. Soy capaz de servir a mis hermanos con gozo, aun cuando “yo soy la mayor”. Me acerco para platicar con los demás sin temor de sentirme excluida o un estorbo, porque ya he sido aceptada por el Creador de todas las cosas. Establezco amistades sin esa carga que es el mendigar o exigir amor y validación. Puedo ser amiga y amar, sin esperar nada a cambio, porque Dios me ama y Él es mi plenitud.
Saber, recordar y creer que Dios es todopoderoso, sabio y bueno, ¡y me ama!, me ayuda a levantarme de la cama y seguir caminando cuando la vida duele. Cuando las cosas no mejoran, cuando la enfermedad inunda mi cuerpo, cuando oro y no sucede lo que pido, cuando todos me decepcionan y no me soporto ni a mí misma, cuando todo se sale de control y todo parece un desastre... saber que Dios me ama me lleva los brazos de Aquel que murió por mí y ha prometido restaurar todas las cosas. Puedo perdonar, amar, agradecer, servir, esforzarme y ser valiente porque Dios me ama y Él cumplirá cada palabra que ha dicho.
No escribo esto para levantarme el cuello. He perdido la cuenta de las veces que le he pedido perdón a Dios porque he olvidado esta verdad, porque “Dios me ama” no ha sido el filtro por el que veo todo. Me he desesperado y he, incluso, dudado del poder, la bondad y la fidelidad de Dios porque la vida ha sido tan difícil en algunos momentos, porque nada parece cambiar y el Señor no ha respondido (como y cuando yo creo que debe) mis oraciones.
Escribo esto primeramente para mí, para recordarme que Dios me ama y que Él es bueno, justo y fiel. Que Él es todopoderoso y nada escapa de Su control. Que Él es sabio y sabe lo que hace. Y en Su inmenso e inmerecido amor por mí, orquesta todas las cosas para Su gloria y mi verdadero bien. Dios me ama, puedo confiar, descansar y esperar en Él.
Hace tiempo escribí en mi Biblia una declaración que transcribo a continuación, porque necesito recordarlo y tenerlo presente.
Yo, Salma Valeria Bautista Verduzco, creo en mi corazón, confieso con mi boca y escribo con mi puño y letra que el Dios creador de todo cuanto hay y existe es el único y sabio Dios. Que Él es bueno, abundante en misericordia y verdad, todopoderoso, fiel y me ama. Él conoce mi condición y circunstancias actuales; puedo echar mis ansiedades sobre Él y descansar, porque Él cuida de mí. Y si no cambia mis circunstancias o concede mis peticiones, puedo confiar y gozarme, porque Él sigue siendo bueno, no ha perdido el control y Su voluntad es buena, agradable y perfecta. No andaré por vista sino por fe, mirando a Cristo y perseverando. No me guiarán las circunstancias, mis deseos, pensamientos o emociones sino Su palabra. En el nombre de Jesús, doy gracias y alabo a Dios. Amén.
Querido lector, este es uno de los textos más personales que he publicado, y de los más cercanos a mi corazón. Lo he dicho muchísimas veces, pero necesito decirlo una vez más: Dios me ama. ¿Sabes que te ama a ti también, tanto que murió por ti en una cruz, para que tuvieras vida en abundancia? ¿Ese amor ha cambiado tu vida y tu manera de ser, de sentir, pensar, hablar o actuar? Si no es así, entonces no lo has entendido. Abre tu Biblia, mira la cruz. ¡Dios te ama! ¡Ven a Él! Y si ya has conocido a Dios y has sido transformado por Él, permanece en ese amor, comprende cuán alto, ancho, largo y profundo es, para que seas lleno de la plenitud de Dios. ¡Anímate! ¡Dios te ama!
Fotografía de Kelly Sikkema



Hiciste bien en colocar el título con signos de exclamación. El Señor siga guiando tu reflexión.
Gracias por este texto. Yo también necesito recordarlo una y otra vez.